El perdón que viene de Dios

Por: Gilberto Gutiérrez Lucero

Nadie puede negar que el perdón sea una de las grandes necesidades de los seres humanos. Mucha gente no puede ser feliz porque no ha perdonado a alguien que daño su vida. Es triste pero hay quienes viven con una constante amargura y resentimiento contra sus propios padres, contra el esposo o la esposa o contra un hijo. Otros no se pueden perdonar a sí mismos y viven en la cárcel y el infierno de la conmiseración y la depresión.

Incluso algunos culpan a Dios de sus tristezas y viven enojados porque lo consideran responsable directa o indirectamente de sus desgracias. Siguen el ejemplo de Adán, nuestro padre, que dijo: “La mujer que me diste me dio a comer…” (Génesis 3:12), cuando Dios le preguntó por qué había comido del fruto del fruto prohibido.

Marcos 2-1-12

Lo invito a leer el evangelio de Marcos 2:1-7, este va a ser nuestro paseje bíblico base del cual estaremos hablando.

En esta porción interesante de la Biblia podemos observar que el hombre que fue llevado por sus amigos a Jesús no sólo necesitaba la salud para sus pies, también necesitaba perdón. Ésta es la razón por la que el Señor, antes de sanarle, le dice “Tus pecados te son perdonados”. Ahora bien, hay que señalar lo siguiente: los religiosos de aquella época decían que las enfermedades y desgracías de la vida eran resultado directo de los pecados cometidos. Desgraciadamente el día de hoy muchas personas siguen creyendo igual. De esta manera, aquel hombre no sólo estaba paralítico, sino que tenía un pesar extraordinario, pues creía que Dios estaba enojado con él y que derramaba su juicio contra él al confinarlo a aquella situación de invalidez. En este contexto el Señor realiza el milagro.

Por la narración de Marcos nos damos cuenta que a Jesús lo impresiona la fe de los amigos y no la del paralítico. Es probable que él estuviera desalentado y muy deprimido. Pues bien, el Señor Jesús los entiende y se pone en sus zapatos y les dice parafraseando este pasaje: “Muy bien, con que ustedes están seguros que este hombre esta paralítico por causa de sus pecados. Pues bien, yo le perdono los pecados ¿no me creen? Según ustedes si le he perdonado debe caminar, pues voy a demostrarles que mi perdón es verdadero y total”.

Entonces se dirige al enfermo y le ordena levantarse y el segundo milagro ocurre. El primer milagro, el más importante, el más necesario era el perdón y ya se había realizado. La parálisis es una condición física que puede ser superada por la solidaridad, la compresión y el empuje humano, pero la falta de perdón, la sensación de ser aborrecido o ignorado por Dios, la desesperanza de la misericordia divina es una desgracia que no se puede solucionar con una cantidad de esfuerzo humano pero sí con el perdón de Dios, y es perdón lo que el Señor Jesús vino a traernos.

Ahora bien, hay que reconocer que aquel hombre no tenía firmes sus pies, pero poseía unos excelentes amigos que le llevaron a Jesús. Estoy seguro que tu también te has sentido así alguna vez. ¿No has tenido la sensación de que Dios no te escucha, y no te sientes digno de hablar con él? Jesús comprobó en aquella ocasión que tiene poder para perdonar nuestros pecados, y su poder es vigente el día de hoy. No existe razón alguna para que tú y yo sigamos experimentando un complejo de culpa, ni para que vivamos bajo la maldición que nos han heredado de creer que somos tan malos que Dios esta enojado con nosotros.

¿Cuántas veces has oído la frase: “Dios se va a enojar contigo y te va a castigar”? El Dios que nuestro Señor Jesucristo vino a revelarnos es un Dios de perdón, un Dios de restauración, un Dios que conoce nuestras debilidades y a pesar de eso nos ama y vino a salvarnos. Él no murión en la cruz creyendo que seríamos perfectos; dio su vida por nosotros sabiendo que le fallaríamos muchas veces. Su amor no está dirigido por nuestras acciones, sino por su maravillosa gracia y misericordia. Podemos acercarnos a Él con confianza.

Después de este milagro, Marcos nos habla del llamamiento de Leví, a quien después llamó Mateo. Un publicano representaba el más alto grado de inmoralidad según los fariseos de aquella época. Como cobradores de impuestos, además de tener opción de ser deshonestos en la administración, eran traidores a la patria, pues se asociaban con los romanos en el sometimmiento del pueblo santo. No podían ir a las sinagogas; estaban expulsados y los rabinos judíos no se dignaban a dirigirles la palabra.

Leví Mateo hizo una fiesta en agradecimiento al llamamiento que le hizo el Señor y no tenía a quienes más invitar sino a los de su propia clase. Por pecadores debemos entender personas que abiertamente no eran parte de la comunidad de la sinagoga, porque se juntaban con los publicanos o porque habían escogido alguna profesión no considerada moral. Esto fue un escándalo, como es el día de hoy cuando personas con un pasado tormentoso asisten a los templos cristianos.

La conclusión del Señor ante las críticas es muy sencilla y llena de gracia: “Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Los religiosos de aquella época no estaban más sanos que los publicanos y pecadores pero ellos así lo creían. No importa cuál haya sido nuestro pasado, en Cristo tenemos la posibilidad del perdón y con ello la estabilidad emocional.

Muchas enfermedades del día de hoy tienen su origen en nuestra manía por la culpa. ¡Seamos liberados! Escuchemos la voz del Señor que nos dice: “Hijo, tus pecados quedan perdonados…A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a casa”. ¡Adelante, vivamos en la libertad del perdón del Señor!

Fuente: libro Atrévete a seguirlo escrito por Gilberto Gutiérrez Lucero.

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